Una cálida noche de agosto, en el puerto de una conocida ciudad costera, un hombre iba vestido con un traje de lino blanco. Descalzo y sentado sobre una pequeña roca, miraba hacia la inmensidad del mar como si buscara algo en el infinito.
En su mano, una copa. En sus labios carnosos, gotas del martini que estaba bebiendo.Su tersa piel tostada por el sol hacía un contraste notorio con el lino de su traje.Aquel joven parecía estar lleno de calma.
De fondo una canción de Ray Charles, procedente de un gran salón situado a sus espaldas. La música, las risas y la gente que se movía sin cesar al son de aquel piano acentuaban la soledad de aquel momento: en medio del caos occidental de nuestro tiempo, entre el ruido y la velocidad del mundo, un hombre respiraba profundo y miraba a la nada.
Abel siempmre fue asi: callado y observador. Cuando era pequeño le llamaban el "mudito". Había crecido en un entorno tan duro que tan solo el aprender le parecía el más sublime de los placeres. Por eso le daba apuro hablar: habia tantas cosas que oír que él no debia manchar con su ignorancia los oidos de nadie...